Los divinos ocasos de Poley

De Ateneo

Hay personas que nacen tocadas por la divinidad, y es tan acusada en ellas su distinción que la llevan clavada en la frente, como un estigma que las distanciara de los demás mortales. Unos alcanzan la fama por sus merecimientos, otros no traspasan jamás la frontera de lo privado y ni falta que les hace, pues entre los atributos del genio está el reconocerse a sí mismo en un bosque de sombras sin que la suya sufra la más mínima intromisión. En cualquier caso, suelen ser hombres y mujeres cuyo ser trasciende a su haber, pues el personaje superará siempre a su obra. Y eso que algunos la tienen brillante, como nuestro Vicente Núñez, el poeta que desde la plaza ochavada de Aguilar, allá en su despacho del Tuta, reparte versos y filosofía de la existencia con la misma desganada entrega que un clásico en el foro. En Poley, su mítica ciudad de los ocasos, hasta la que peregrinan cuantos desean compartir con él belleza y rima, entras en la taber/caverna donde Vicente combate la oscuridad a sorbitos de vino y sales con un cargamento de sofismas regalo de la casa. Y, sobre todo, con la impresión de haber asistido a una función única, interpretada sólo para tus ojos. Ahora el Ateneo le ha concedido su medalla de oro, y el ocaso en Poley vuelve a ser una herida luminosa que alumbra la covacha. Divino.